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Honrar el proceso : VIDA Y MUERTE

 

Esta semana se murió mi perrita, la que teníamos en la finca, y también el loro que nos acompañó desde que éramos pequeños. Pero también nació la hija de mi mejor amiga. En ambas situaciones quise estar presente desde otro lugar: atenta y tranquila.

Con mi amiga habíamos hablado de su deseo de tener un parto natural, lento, con calma. Pero a pocos días de comenzar el trabajo de parto, amigas del colegio le escribían constantemente al grupo: “¿Ya nació?”, “¿Cómo vas?”, “¡Hagamos videollamada!”. Yo empecé a sentirme un poco incómoda.

¿Te imaginas estar a punto de presenciar el milagro de la vida y tener que estar pendiente del celular o de una llamada para contar cómo va la pujada?

Para mí, era como un grupo de personas asomando la cabeza por la puerta del cuarto donde estás pariendo, preguntando si ya salió, si ya pasó. Una pérdida de intimidad gigante.

Con la muerte pasó algo parecido. Aún el cuidador de la finca no nos había dicho directamente a nosotros, a mi familia, y ya alguien lo había publicado en un grupo. Sin espacio para procesarlo, la muerte ya estaba expuesta a comentarios de personas medio cercanas.

El ser humano se volvió morboso con la vida, con la muerte, con los errores de los demás. Convertimos lo sagrado en chisme.

Y escribo esto solo con el ánimo de reflexionar sobre el tiempo que le damos a todo. Hollywood nos vendió la idea de que los bebés nacen de un momento a otro, sin trabajo de parto, y que la muerte es siempre trágica. Pero la muerte, simplemente, es natural.

¿Y si en vez de vivirla de forma bulliciosa la vivimos en gratitud por los momentos compartidos?

Una velita.
Y agradecer.

Porque la vida y la muerte no son opuestas. Son parte del mismo río. Una nace, la otra se va, y en medio estamos nosotros, aprendiendo a soltar, a recibir, a honrar lo que fue y a abrazar lo que llega.


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